Junio 16: Beato Aniceto Koplin

Aniceto Koplinski era originario de Debrzno, en Pomerania Occidental, donde se encontraban en contacto dos culturas, la eslava y la germánica, y dos comunidades religiosas, los luteranos y los católicos. Nació el 30 de julio de 1875. Sus padres se llamaban Lorenzo (Wawrzyniec), de origen polaco, y Berta Moldenhau, alemana, perteneciente a la comunidad luterana. En el bautismo, el 8 de agosto de 1875, recibió los nombres de Alberto y Antonio. El primer nombre se le cambió por Adalberto. Tenía 4 hermanos. Frecuentó la escuela elemental y la media superior en Debrzno.


A los 18 años, el 23 de noviembre de 1893, entró en la Orden de los Capuchinos en Sigolsheim. El 24 de noviembre de 1894, pronunció sus primeros votos religiosos. En la Orden tomó el nombre de Aniceto. El 25 de noviembre de 1897 hizo la profesión perpetua. Después de su ordenación sacerdotal en la fiesta de la Asunción, 15 de agosto de 1900, trabajó en varios conventos de la Provincia de Westfalia. Se dio a conocer como buen predicador, especialmente homilético. Su entusiasmo y fervor por las misiones no lo pudo hacer efectivo como misionero en tierras de paganos. Los superiores le encomendaron el cuidado espiritual de los emigrantes polacos en Renania y Westfalia. A partir de 1916 prestó el servicio de capellán entre los prisioneros y heridos de guerra.

El 20 de marzo de 1918 llegó a Varsovia. No son del todo claros los motivos de este traslado. ¿Le atraía el espíritu polaco, o le mandaron para aprender la lengua y poder trabajar más eficazmente entre los polacos? De todos modos, aquel año fue decisivo para la vida del padre Aniceto. Se quedaría para siempre en Polonia. En 1922 hizo trasladarse a Polonia a su padre, que se estableció en Nowe Miasto, donde acabó sus días. El padre Aniceto por el año 1930, cambió la propia nacionalidad, de alemana a polaca, pero como religioso permaneció siempre siendo miembro de la Provincia de Renania-Westfalia. Aprendió el polaco de modo suficiente para poder comunicarse. Pero le era difícil predicar las homilías, cosa que sólo excepcionalmente se permitía.

En Varsovia pronto llegó a ser famoso como confesor carismático. Acudían a él seglares y eclesiásticos. Fue confesor de los nuncios apostólicos Achille Ratti (posteriormente Papa Pío XI), Lorenzo Lauri, Francesco Marmaggi e Filippo Cortesi. Se confesaron con él también obispos de Varsovia: el cardenal Aleksander Kakowski, Stanislaw Gall, Józef Gawlina. Su carisma se basaba en una doctrina moral clara, puntual, siempre basada en el criterio de impulsar hacia una mayor perfección. Se puede pensar que para esta labor poseía el don de la discreción de espíritus. Se le llamaba a la cabecera de los enfermos, también de aquellos que rehusaban la confesión a la hora de la muerte. De hecho, logró de no pocos la conversión y reconciliación con Dios.

Los fieles se sentían impresionados por la solemnidad e inspiración con que celebraba la santa Misa, que se manifestaba en la lentitud y detalle con que observaba el ritual: daba la impresión de que vivía intensamente la realidad del misterio eucarístico.

Pero se hizo popular en Varsovia especialmente como mendicante y protector de los pobres. En los veinte años transcurridos en esta ciudad, el padre Aniceto dedicó gran parte de su tiempo exclusivamente a los pobres, a los sin trabajo, a los necesitados. A ellos consagró sus preocupaciones y sus capacidades. Se ocupó particularmente del barrio de Annapol, en la margen derecha del Vístula. Por iniciativa de los capuchinos de Varsovia surgió allí una gran cocina, capaz de distribuir hasta ocho mil comidas al día. El padre Aniceto la abastecía con los productos alimenticios que pedía de limosna y cubría en gran parte las necesidades pecuniarias. Lograba encontrar trabajo para muchos desocupados y además ayudaba para el estudio. Todo el que tuviera alguna necesidad podía contar con él. Creó un sistema especial para recoger donativos. Reunió un número notable de personas que semanal o mensualmente pagaban una cuota para los pobres. Además de dinero recogía víveres: harina, sémola, grasas, azúcar, pan, etc. Pedía limosna a la personas mediana o altamente pudientes. No tenía reparo en importunar al así llamado “gran mundo”. En su tarea de recoger limosnas fue objeto de no pocas afrentas y humillaciones, incluso de ofensas físicas. Él lo soportaba todo con calma, no obstante su carácter colérico, con estupor de quienes lo veían.

Era poeta y conocía el latín a la perfección. Componía frecuentemente poesías en esta lengua, en forma de acróstico, y las declamaba en honor de personajes de alcurnia, con tal de obtener donativos para sus pobres. Su poesía servía a su caridad cristiana.

Tan popular se hizo en la ciudad, que no había en Varsovia ceremonias de cierta importancia a las que no se le invitase. Conductores de tranvías y coches lo conocían bien y, a veces, detenían sus vehículos para acoger al famoso capuchino con sus limosnas.

Dotado como estaba de grandes cualidades naturales, ponía todos sus talentos al servicio del prójimo. Su figura y conducta transpiraba serenidad de espíritu y alegría interior. Todo el mundo se acercaba a él, advirtiendo bajo aquel hábito oscuro y raído la bondad, la capacidad de consolar y la solidaridad humana. Encarnaba efectivamente esa bondad humana que es capaz de cautivar al prójimo acercándolo a Dios. Los calificativos que la población le atribuyó de “padre de los pobres” y de “limosnero de Varsovia” dan a entender la dimensión social de su figura y, al mismo tiempo, su evidente santidad.

Al estallar la II Guerra mundial en 1939, el padre Aniceto no dejó Varsovia. Se encontró frente a una guerra que implicaba a sus dos naciones: la alemana, en cuyo espíritu había crecido, y la polaca, que había escogido. Era ciertamente alemán, pero su concepción del mundo era universalista, si bien en el plano emocional se sentía polaco.

Después de la capitulación de Varsovia, el padre Aniceto siguió en el convento de la ciudad. A pesar de las dificultades, se prodigó para llevar socorro a los pobres y necesitados, cuyo número había crecido grandemente. A este fin se valía de su conocimiento de la lengua alemana. En la primavera de 1940 los periódicos de la resistencia escribían que el 90% de la población estaba sin trabajo y moría de hambre. El padre Aniceto, dentro de los límites de sus posibilidades y de sus fuerzas, daba una mano a todos, también a los hebreos, que eran los más perseguidos.

En junio de 1940 el padre Aniceto Koplinski y el padre Inocencio Hanski, guardián del convento, fueron llamados a la sede de la Gestapo para prestar declaración. A la pregunta de si en el convento se leía la prensa clandestina, el padre Aniceto admitió la verdad, al mismo tiempo que se atrevió a decir a los hombres de la Gestapo que se avergonzaba de ser alemán.

En la noche del 26 al 27 de junio de 1941, la Gestapo rodeó el convento de los capuchinos de Varsovia. Después de un registro durante varias horas, 22 religiosos, entre ellos el padre Aniceto, fueron arrestados. A todos se les encerró en la cárcel de Pawiak durante el tiempo de los interrogatorios. Los religiosos eran objeto frecuente de desprecio por parte de los guardias. Los atormentaban con la llamada “gimnástica”. Se ensañaban de modo especial con el padre Aniceto, que era el más entrado en años. Le quitaron el hábito, dejándolo con sólo la camisa y paños menores, hasta que algunos días después le dieron ropa de seglar.

El 4 de septiembre el padre Aniceto fue trasladado junto con los otros hermanos en religión al campo de concentración di Auschwitz. Al bajar del tren le maltrataron y luego durante la marcha le golpearon porque, a causa de su edad, no lograba mantener el paso. Extenuado como se hallaba, tuvo que sufrir también la mordedura de un perro de las SS. En el campamento le dieron el número de matrícula 30.376.

Pasado el período de la llamada cuarentena, el padre Aniceto fue destinado al bloque 19, por no estar en condiciones de trabajar. Esto equivalía a una condena a muerte no escrita. En aquel bloque no se curaba a ninguno; antes al contrario, mediante una “gimnástica” homicida, se les aceleraba la muerte. En tales condiciones fallecían diariamente hasta un centenar de personas, eliminadas si era preciso mediante la inyección de una solución de fenol.

El padre Aniceto murió el 16 de octubre de 1941. Cuál fuera la causa inmediata de su muerte, homicidio o la misma situación inhumana en que se debatía, no se sabe. Sólo consta el hecho de que en el campo de concentración pasó apenas un mes y medio, y que sufrió el martirio. La fama del padre Aniceto como mártir ha tenido un amplio eco en el pueblo cristiano. Las numerosas publicaciones dedicadas a su vida y a su muerte son un buen testimonio de que los fieles siguen confiando en su intercesión.