NOVIEMBRE 19: Santa Inés de Asís

La vida de Inés de Asís, la hija segunda de Favarone y Hortelana, no está tan documentada como la de santa Clara, su hermana “en la carne y en la pureza”. Debió de nacer en torno al 1197, pues por la Crónica de los XXIV Generales sabemos que murió a los 56 años, poco después que hermana, fallecida en agosto de 1253.

Se llamaba, al parecer, Catalina. Entre ella y su hermana corría un afecto recíproco y una comunión de sentimientos, aunque Catalina no parecía tan orientada hacia la vida consagrada como Clara. Según la Leyenda de Santa Clara, atribuida a fray Tomás de Celano, su llamada a la vida religiosa fue fruto de la poderosa oración de Clara en el monasterio de Santo Ángel de Panzo.

Tenía unos 15 años, cuando la hermana mayor huyó de casa. Su otra hermana, Beatriz, era aún demasiado pequeña para encontrar en ella la amiga que necesita. A medida que transcurrían la Semana Santa y la de Pascua aumentaba en ella el deseo de reunirse con Clara para entregarse al Señor, como ella. El 3 de abril se decidió por fin a abandonar su casa y marcharse a Panzo, donde Clara la recibió con un abrazo, dando gracias a Dios por escuchar sus ruegos. Enseguida empezó a aleccionara en el seguimiento de Cristo crucificado. , pero la reacción de la familia ante la desaparición de Catalina fue mucho más violenta que el día de la fuga de Clara. Doce caballeros airados, con el tío Monaldo al frente, corrían al monasterio y se abalanzaban sobre Catalina, dispuestos a no permitir una nueva afrenta y otra pérdida familiar. A golpes y empellones la arrastraron fuera del monasterio, hasta un arroyo cercano, pero no pudieron dar un paso más. La resistencia de la jovencita y la oración de su hermana pudieron más que la fuerza bruta de tantos hombres juntos, los cuales tuvieron que desistir, finalmente, de llevársela a casa.

Dice la Crónica que, después de este episodio de violencia, “el bienaventurado Francisco con sus propias manos le cortó los cabellos y le impuso el nombre de Inés, ya que por el Cordero inocente… resistió con fortaleza y combatió varonilmente”. Pocos meses después, tras la llegada de otras jóvenes deseosas de seguir a Clara, se trasladaron a la iglesia de San Damián, donde fundaron el monasterio de Santa María de San Damián y la orden de las Hermanas Menores. Pero a Francisco no le agradó ese nombre, y las llamó Señoras Pobres. El pueblo las llamaba Damianitas, y sólo después de la muerte de Clara empezaron a llamarlas Clarisas.

Dirigida por Francisco junto con su hermana y demás compañeras, Inés progresó de prisa en el camino de perfección y mortificación, siendo la admiración de sus compañeras, sobre todo por su corta edad. Desde el principio hasta el final de sus días rodeó su cintura con un áspero cilicio de crin de caballo, y, al igual que su hermana, se alimentaba, prácticamente, de pan y agua.

Dulce, compasiva, solícita y caritativa, se comportaba como una madre con sus compañeras, especialmente con las que sufrían por cualquier motivo. “Virgen prudentísima” la llama su hermana en una de sus cartas a Inés de Praga. Añade la crónica que, una noche, Clara la vio en oración, elevada del suelo y coronada con tres coronas que, de tanto en tanto, le colocaba un ángel. Al día siguiente logró que Inés le explicara cuáles eran los tres objetos de su contemplación: la bondad y paciencia de Dios para con los pecadores, cómo Cristo sufrió la pasión y muerte en cruz por toda la humanidad, y las penas de las almas del Purgatorio.

Hacia el año 1218 se fundaba en Florencia el monasterio llamado de Monticelli, e Inés fue enviada, unos años más tarde, como abadesa, para instruir a las nuevas damianitas. Dice la Crónica que, con su ejemplo de vida y con sus palabras amorosas y persuasivas, implantó en dicho lugar la observancia de la pobreza evangélica. En 1218 era abadesa Avegnente de Albizzo, la misma que que hizo donación del lugar de Monticelli a la Iglesia de Roma, por mediación del cardenal Hugolino. La donación se debía a que la comunidad florentina, como la de San Damián de Asís, había renunciado a la posesión de bienes y rentas. Junto con la regla de san Benito, la hermanas florentinas profesaron en manos del cardenal Hugolino las mismas “constituciones” que regían en San Damián, y que debía ser la regla dada por Francisco a Clara y sus hermanas, y que jamás llegó a ser aprobada.

Una carta de Inés dirigida a su hermana Clara desde Monticelli entre los años 1228-1230, nos desvela algo del profundo dolor que le causó la separación, pero también del ambiente de paz y unión que se respiraba en el monasterio florentino. No sabemos el tiempo que permaneció allí, ni la fecha de su regreso a Asís. Según el cronista fray Mariano de Florencia, del siglo XVI, la vuelta a San Damián tenía relación con al empeoramiento de la salud de Clara. Lo cierto es que santa Inés se encontraba a la cabecera de su hermana moribunda, en el verano de 1253. “Queridísima hermana -le habría dicho ésta, para contener su llanto y aliviar su dolor- es del agrado de Dios que yo me vaya; mas tú cesa de llorar, porque llegarás pronto ante el Señor, enseguida después de mí, y Él te concederá un gran consuelo.

Gran consuelo fue para Inés, tras la dolorosa separación del 11 de agosto, el multitudinario funeral de su hermana, presidido por el papa Inocencio IV, presente toda la curia romana -que residía entonces en el Sacro Convento de Asís-, y el traslado de sus restos hasta la iglesia de San Jorge entre las alabanzas del pueblo, que ya la proclamaba santa. Pero el mayor consuelo fue que, “al cabo de pocos días”, Inés pudo seguir a su hermana hasta las mansiones eternas. Concluye la Leyenda de Santa Clara que “como había pasado del mundo a la cruz precedida por su hermana, así mismo, ahora que Clara comenzaba ya a brillar con prodigios y milagros, Inés pasó ya madura, en pos de ella, de esta luz languideciente, a resplandecer por siempre ante Dios”.

La noticia de su muerte se extendió por Asís y por toda la comarca y atrajo, igualmente, a una multitud de gente que le tenían gran aprecio y esperaban poder contemplar sus restos mortales. Todo ese gentío subía por la escalera de madera que, desde el claustro, comunicaba con con el dormitorio de las clarisas. Pero las cadenas de hierro no pudieron soportar el peso, y se derrumbó, arrastrando consigo a los que subían, y aplastando los cuerpos de los que estaban debajo, hombres, mujeres y niños. Pudo haber sido una gran catástrofe, pero la muchedumbre entera invocó con fe el nombre de Inés, y todo lo más que hubo fueron heridos y magullados, que se levantaron sonrientes, como si nada hubiese ocurrido.

Ese fue sólo el primero de los muchos favores obtenidos, por intercesión de Inés, por parte de enfermos incurables, ciegos y poseídos, a lo largo de los siglos, hasta la aprobación oficial de su culto por parte del papa Benedicto XIV, que tuvo lugar el 15 de abril de 1762. Su fiesta en el Martirologio Romano es el 16 de noviembre, pero la familia franciscana la celebra el 19 del mismo mes. El cuerpo de santa Inés reposa en la misma Basílica de Asís donde descansan los restos de su hermana santa Clara, su otra hermana, Beatriz, y su madre Hortelana, que también se hicieron damianitas.