Septiembre 26: Beato Aurelio de Vinalesa

José Ample Alcaide, conocido en la Orden Capuchina como padre Aurelio de Vinalesa, nació en dicho pueblo el 3 de febrero de 1896. Fueron sus padres don Vicente Ample Cataluña y doña Manuela Alcaide Ros. Era el tercero de siete hermanos.

A los doce años ingresó en el Seminario Seráfico de la Magdalena (Masamagrell, Valencia). Después de completar los estudios de latín y humanidades inició el noviciado, en el mismo convento de la Magdalena, donde emitió la profesión simple el 10 de agosto de 1913. Fue trasladado al convento de Orihuela, en el que, después de terminar los estudios de filosofía, emitió la profesión solemne el 18 de diciembre de 1917. Posteriormente fue destinado al Colegio Internacional de San Lorenzo de Brindis, en Roma, para completar y perfeccionar estudios de Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana. Fue ordenado sacerdote en la basílica de San Juan de Letrán de Roma, el 26 de marzo de 1921, junto con el Beato Buenaventura de Puzol.

Al terminar sus estudios, regresó a la Provincia, donde los superiores le nombraron director de los estudiantes de filosofía y teología, en el convento de Orihuela, cargo que ocupó hasta la fecha de su martirio. Se entregó de lleno a la formación teológica y espiritual de los jóvenes capuchinos. Era además profesor en el seminario de San Miguel, de Orihuela, y colaboró con la naciente Acción Católica. Se dedicaba a la predicación, dirección de tandas de ejercicios espirituales, atención al confesonario y a la Tercera Orden Franciscana. Visitaba a los enfermos pobres y aprovechaba cualquier circunstancia para fomentar el espíritu religioso.

En su vida espiritual destacó por su amor a la Eucaristía, la Santísima Virgen y San Francisco. Fomentó entre los jóvenes capuchinos el conocimiento de las enseñanzas de San Luis María Grignion de Monfort, que tenían una especial resonancia en la provincia capuchina de Valencia, y la devoción a la Madre de Dios, bajo el título de Reina de los Corazones. Quienes le conocieron le recuerdan como hombre comedido, educado, amable, sonriente, atento, ecuánime, dispuesto siempre a las tareas propias del religioso y sacerdote. En su vida y actividad encarnó el espíritu de la Orden Capuchina.

Al dispersarse la comunidad de Orihuela, el padre Aurelio hizo gestiones para que los jóvenes capuchinos pudieran llegar a casa de sus familiares. A principios de agosto consiguió un salvoconducto para poder llegar a Vinalesa. Ya en su pueblo natal se dedicó a rezar, escribir y dar ánimos a los demás para soportar la persecución. Escribía a sus amigos y hermanos ausentes, pues presentía su muerte y la de otros muchos, y quiso orientar de esta manera la conducta de los que sobreviviesen a la persecución. A una hermana suya religiosa le aconsejaba gran fidelidad a Dios en su vocación religiosa. Pocos días antes de su martirio escribía así a un sobrino suyo seminarista: «Serás un sacerdote… que viva del espíritu de fe, que haga lo que haga grande o pequeño (según las selectas gracias que Dios te concediere) lo refieras siempre a Dios con la más pura intención de agradarle, buscando en todas tus obras el amor de Dios».

El 28 de agosto, a las 3 de la mañana, llegaron los milicianos a la casa donde se encontraba el padre Aurelio. Preguntaron si había allí un fraile, a lo que respondió: «El fraile soy yo». Le ordenaron que los acompañara, lo cual hizo sin oponer resistencia. Junto con otros católicos del pueblo, fue conducido al barranco de Carraixet, en el término municipal de Foyos. El padre Aurelio solicitó permiso para hablar a sus compañeros, les exhortó a bien morir, les hizo recitar el acto de contrición y les dio la absolución sacramental. Después añadió: «Decid todos fuerte: “¡Viva Cristo Rey!”». A estas palabras siguieron los disparos, que acabaron con sus vidas. El relato de los impresionantes últimos momentos del padre Aurelio lo debemos a uno de los apresados junto con él, a quien los ejecutores dieron por muerto.

La fama de religioso y sacerdote entregado y bueno de que gozó en vida el padre Aurelio se vio acrecida al conocerse su heroico comportamiento en el martirio. Sus restos reposan en el convento de Santa María Magdalena de Masamagrell.